Una vez le oí decir a Joan Manuel Serrat Teresa que la vida se podía medir como un metro de madera de esos que utilizan los sastres, y que cuando estás más cerca del cien que del cero, hay que empezar a tomarse las cosas de otra manera. 

Mientras se es joven se tiene, aunque sea de manera inconsciente, esa sensación de inmortalidad, esa sensación de que nunca te va a pasar nada, esa sensación de que se tiene toda la vida por delante, que es lo que hace maravilloso ser joven. Pero son solo sensaciones.

Que la primera consecuencia de nacer es morir, no hay nadie que lo pueda negar. Justo en el momento de nacer empieza la lenta, pero implacable cuenta atrás. Todos tenemos fecha de caducidad como los yogures, "jroña que jroña", en griego "χρόνια και χρόνια", que quiere decir "años y años", pero a diferencia de los yogures, afortunadamente, la desconocemos. ¿Se imaginan lo atroz que sería saber constantemente cuánto nos queda de vida? No quiero ni pensarlo. Mi padre me enseño de pequeño que mientras no te toque, ni que te pongas, y el día que te toca, ni que te quites. Sabiendo esas dos cosas, ¿quién carajo le va a tener miedo a la muerte?

Es por eso que siempre he pensado que la vida se ha de vivir con pasión. Con pasión en todo. Con pasión por vivir, con pasión por amar, con pasión por estudiar, con pasión por formarte, con pasión por disfrutar, con pasión por jugar, con pasión por emprender, con pasión por trabajar. ¿Qué es la vida sin la pasión? Sin pasión no se consigue la genialidad. Todos, absolutamente todos los grandes hombres que han hecho que éste mundo avanzara, muy a pesar de sus memos coetáneos, fueron y son gente apasionada. Gente que disfrutaban, y disfrutan, cada minuto con lo que hacían. Ahí está el secreto de la genialidad; la pasión. (Sobre todo no consientan que nadie interfiera en sus pasiones). 

Y cuando aparece la palabra "cáncer" en tu vida, no hay que dejar de seguir teniendo pasión por vivir. Puede que un nuevo contador de marcha atrás se haya puesto en marcha en ése mismo momento, el de la lucha - es lo que al final siempre se suele decir: "falleció tras luchar contra una larga enfermedad" -. Qué más da. El anterior contador sigue marcando inexorablemente el suyo. Puede que el cuerpo ya no te responda como estás acostumbrado - la quimioterapia lo suele hacer. Lo más probable es que tus piernas tampoco te van a responder como siempre lo han hecho. No pasa nada. "Si no puedes correr, entonces camina. Si no puedes caminar entonces arrástrate, pero sigue moviéndote hacia delante". Tampoco puedes realizar tus quehaceres cotidianos con la presteza que antes lo hacías. Pues te tomas tu tiempo que el mundo no se va a acabar porque te hayas ralentizado. (En la vida todo tiene solución menos la muerte).

Pero ahí sigues. Y sigues vivo. Despertarse por la mañana, respirar, poder levantarte de la cama, ver amanecer, seguir informándote, seguir formándote, seguir informando, seguir luchando contra la injusticia del mundo, seguir denunciado a todos esos mequetrefes que se empeñan en joder la vida al resto de ciudadanos, seguir luchando porque la verdad entierre las muchísimas mentiras que nos dicen cada día, seguir viviendo. Y seguir viviendo con la misma pasión de toda la vida. Si no se le tiene miedo a la muerte, ¿cómo se le va a tener miedo a esa panda de mequetrefes? 

La frase que encabeza el artículo la oí por primera vez en mi vida al Sr. Francesc Malé de Alás. Todo un caballero. Era calcado al gran actor italiano Vittorio Domenico Stanislao Gaetano Sorano de Sica, pero con los ojos claros. Un Señor que hacía de chófer en la base de la Alsina Graells de La Seu d'Urgell. Un Señor que cuando rendía viaje en Andorra por la noche, se había levantado a las cinco de la mañana para salir a las siete de Andorra, y llegaba al garaje me decía "Carlos, un día más y un día menos". Santa razón tenía

¡Va por Usted Sr. Malé!

 

 

 

 

 

Intenten ser felices. 

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